Shop Mobile More Submit  Join Login
About Literature / Hobbyist Member I am not a bad girl. I am evilFemale/Argentina Groups :iconletras-de-terror: Letras-De-Terror
 
Recent Activity
Deviant for 6 Years
Needs Premium Membership
Statistics 256 Deviations 606 Comments 16,899 Pageviews

Newest Deviations

Favourites

Activity


Mature Content Filter is On
(Contains: violence/gore)
    Do you mean it, do you mean it, do you mean it
   Why don’t you mean it? Why do I follow you
   And where do you go?

-Queen.

Capítulo 3: Dar una mano es muy importante

Una mañana decidió Valentina que estaba en una misión. Se lo mencionó a Tomás, el encargado del cementerio privado Parque de la Paz, pero este estaba ocupado buscando nuevos empleados que le ayudaran con el mantenimiento y no la oía por encima de las voces en el teléfono. Después de unas cuantas frases fallidas tratando de llamar su atención, la joven de 15 años tomó su abrigo y salió al exterior.

Vivían en una especie de torre en los alrededores del cementerio privado Parque de la Paz, cerca de la pequeña catedral, donde a veces las personas se presentaban para dar un último servicio religioso antes de no tener otra cosa que ver más que las placas de mármol incrustadas en el césped. Desde hacía mucho tiempo que no era utilizado y sus puertas permanecían firmemente cerradas con candados. Pero ella sabía colarse en la entrada trasera y eso hizo, yendo en busca del compartimiento oculto debajo del altar. Conocía la combinación de la caja fuerte como sabía cualquier información relevante a sus datos personales.
A Tomás le había costado un tiempo confiarle la información. Temía que en cualquier momento a ella se le ocurriera desvalijarlo hasta el último centavo para esfumarse en el aire, sin aviso, en busca de una vida mantenida a costa de la suya. Nunca se lo dijo con esas palabras, pero Valentina lo intuía detrás de su reserva. Esperó pacientemente a que sus acciones hablaran por sí misma y de su aprecio por el señor que la tomó bajo su cuidado tras encontrarla una tarde, ni siquiera perdida porque no tenía rumbo, durmiendo encima de una tumba reciente. Al final el hombre entendió que no valía la pena preocuparse y le fue otorgando a Valentina más libertad, al punto en que sólo le era requisito dejar aviso cuando decidiera salir del territorio. Por lo que a ella respectaba, llevaba una vida tan apacible como podría desear y no tenía ninguna intención de cambiarlo.
Le encantaba vivir en el cementerio, pero admitía para sus adentros que a veces se tornaba aburrido. A pesar de la televisión y la computadora con la que contaba, ella sentía deseos de salir a hacer algo real en su vida. Si no salía cada tanto empezaba a ponerse incómoda, pues pensaba que se estaba perdiendo de un hecho importante sucedido en otra parte, e incluso eso no la satisfacía si no se ponía un objetivo delante que justificara la salida. Estaba convencida, muy en el fondo, que el destino la llamaba y ella debía moverse a atenderlo. Se trataba de una idea fija que ni ella misma entendía del todo bien y sería incapaz de explicarlo aunque buscara en cuanto diccionario hubiera disponible.
Por eso, cuando aquella mujer llegó a visitar a su madre, poniéndose a llorar en frente de su tumba, Valentina percibió una inmensa alegría. ¡Una oportunidad de actuar! Oportunamente sentada detrás de la base de un ángel semidesnudo, ella oyó las palabras sollozantes que salían de los labios trémulos y partidos. La mujer había empezado hablando como si tal cosa, informando al pedazo de tierra acerca de la necesidad de comprar nuevos frenos para su hija y que la tía Mari estaba enferma otra vez. En el trabajo de Germán las cosas marchaban mejor, gracias al cielo…
Al principio no eran cosas interesantes. La gente le hablaba a los muertos, o creía que les hablaba, desde el inicio de los tiempos. Cuando Valentina, extrañada porque no parecía haber nadie recibiendo sus palabras, le preguntaba el motivo de semejante tendencia el hombre le había dicho que sí, era una tontera, pero a las personas les daba consuelo saber que incluso después de la vida podían ser oídos y tomados en cuenta en lugar de sólo abandonados a su suerte. Valentina recordaría su tiempo en las calles, mendigando para vivir, vivir para mendigar, y les compadecería de corazón sus pérdidas.
No obstante, su atención real no se activó del todo hasta que notó a la mujer romper en lágrimas amargas al mencionar a su marido. A sabiendas de que solía ser tomado de mala manera ser visto en semejantes circunstancias, Valentina observó desde los pies de piedra. Vio la herida morada e hinchada en la boca que le daba ese acento de siseo a cada una de sus frases. Vio los lentes de sol en un día nublado ser corridos para limpiarse el rostro maquillado, evidenciando el tono verdoso entorno al hueco del ojo. Lo peor era que se notaba que debajo de todos esos esfuerzos ella misma era una mujer atractiva. Debía estar cerca de los 40 años, pero las heridas, los polvos excesivos y un aire de resignada tristeza en general le agregaban innecesarias arrugas al rostro. Se trataba de una anciana prematura que prometía volverse un cadáver llegada a una edad más madura si continuaba a ese ritmo.
Como muchas veces sucedía cuando alguien se derrumbaba, ya no había vuelta atrás para la mujer. A Valentina le recordó una herida que se había hecho en la rodilla al resbalar sobre tierra mojada y darse contra una roca. La herida sanaba, se hacía una costra y un impulso indescriptible la obligaba a toquetear los bordes marrones, a probar la efectividad de sus uñas debajo de la formación para levantar un poco más, un poco más, hasta que volvía a quedar en carne viva y su ser se colmaba de una extraña paz. Las primeras veces siempre se sangraba, e incluso después si uno empezaba a remover piel sana tironeando de la capa rugosa. La sangre necesitaba acumularse hasta formar un rojo montoncito suave antes de empezar el proceso de volver la piel a su estado original.
La mujer en esos momentos estaba en la etapa de rascarse sin darse cuenta del todo y advertirse de antemano que no debía hacerlo, que lo mejor para ella sería dejar el tiempo encargarse el asunto sin su intervención. Incapaz de hacerse caso, las lágrimas iban a empapar en pañuelo que cargaba de forma provisoria en su bolso.
-¿Sabes qué es lo que me da miedo, mamá? -preguntaba con una voz que ya no era suya, o no podía ser, porque sonaba demasiado hueca y patética para pertenecerle a cualquier ser humano-. Me aterra que algún día se la agarre con la nena. Vos sabes que ella no se guarda nada de responder y si algún día se llega a meter cuando no debe, no quiero imaginar qué va a hacerle.
Luego de aquello seguirían las notas quebradas de unos cuantos sollozos más antes de que por fin consiguiera calmarse. La mujer procedió a sacar un espejo de mano y se retocó los puntos arruinados por la humedad, haciendo una mueca sutil cada vez que el lápiz labial hacía una ronda. Al considerarse presentable, se dirigió a la salida y Valentina, sólo momentos después de perderla de vista, salió de su escondite hacia la tumba de la madre silenciosa. Se trataba de un apellido alemán de difícil pronunciación para su paladar ignorante, pero supo memorizar la forma de escritura cuando se puso a buscarlo en la red.
Halló que, para gran suerte suya, era un apellido muy poco común en Argentina. En las redes sociales tanto la madre anciana como la hija bocona estaban agregadas, teniéndose mutuamente como amigas. Como el perfil de esta última era público, le fue sencillo averiguar la dirección donde se tomó la foto de su vestido de egresada de la escuela Belén. Esa misma tarde le pagó a un remis para que la llevara a la dirección señalada en el pie de la imagen.
El amplio jardín del frente la impresionó. Detrás de las rejas de hierro negro se veían dos autos grandes, blanco y negro, sin ningún rayón a la vista, y tras un camino de piedras amarillas se elevaba la entrada al hogar. La casa de ladrillos rojos y balcón de madera era el sitio que iba a visitar cada día desde hacía dos semanas.
En frente de la vivienda, veía a los cuatro habitantes del hogar (marido, mujer, hija, hijo pequeño) continuar con sus vidas a un ritmo absolutamente normal; o al menos suponía Valentina que era normal gracias a la cantidad de series que había visto y novelas leídas. Dado que no había ido a la escuela, sus pocos referentes respecto a la realidad se limitaban a las experiencias compartidas de Tomás y las ficticias que encontrara. De todos modos, los consideraba igualmente válidos pues el arte imitaba a la vida, como había dicho un personaje alguna vez.
Los adultos salían a trabajar. La hija iba al colegio. El niño invitaba amigos a jugar al interior. Empezaba a preocuparle la idea de haberse equivocado seriamente. ¿Qué sabía ella sobre cuál era el problema de la mujer? ¿Escuchar a hurtadillas de pronto le daba la llave maestra a la vida de otra persona? ¿Quién decía incluso que la mujer temía específicamente por su esposo? El hombre no llegaba borracho a casa ni tenía vicios discernibles a primera o segunda vista. Trabajaba de policía cerca de su casa, a la cual solía llegar caminando, facilitando el seguimiento, y hacía reír a sus compañeros con chistes oportunos.
Si es tan hijo de puta, pensaba Valentina viéndole sin ser notada, sería una lástima. El hijo de puta podía considerarse guapo para la edad que cargaba. De pecho tan amplio como su jardín y sonrisa infaltable, parecía la estampa de un futuro héroe de película. Pero no desistió: a veces el jorobado feo podía ser una buena persona y el príncipe encantador un psicópata hambriento de poder. Tenía paciencia. Permanecería vigilante a ver en cuál lado caía aquel personaje. Se trataba de una picazón mental imposible de ignorar.
Incluso Tomás acabó dándose cuenta de su turbación y quiso indagar. Como si sólo hubiera esperado ese momento para revelarle todo, Valentina no se reservó ningún detalle ni expresión de frustración porque no estuvieran saliendo los resultados tan pronto como ella prefería. El guardián del cementerio, primero impresionado, inquirió a continuación qué pensaba hacer si llegaba a confirmar que el hombre abusaba de su mujer.
-Ayudarla -dijo Valentina, con una nota de convicción conmovedora-. No me puedo quedar sin hacer nada.
El hombre le palmeó la cabeza morena. Estaba orgulloso de la joven, pero esa no era cuestión que quería tratar.
-Puedes intentar, Vale, pero yo no esperaría que fuera fácil. Esos asuntos son cosa de familia y puede que a ella le sepa mal que otra persona venga a meterse en medio.
Ella se salió de debajo de su mano y lo miró, ceñuda.
-¿Cómo es eso?
-Bueno, algunas personas creen que todo lo que involucre a sus hogares lo pueden mantener bajo control, que no les hace falta la ayuda de nadie. A lo mejor ella, si llega a pasarle lo que vos crees, tiene asumido que esa es su responsabilidad y lo más importante es mantener a la familia unida, aunque el padre sea un golpeador borracho.
-Él no es borracho… o al menos yo no lo he visto así. Pero si es como dices, entonces con más razón alguien debería intervenir. Hacer lo que ella no se atreve.
Tomás se mordió los labios unos segundos en son pensativo. No le agradaba que la chica se enfrascara de esa manera en algo así, llegando a quedarse horas mirando afuera de la casa de una persona, pero tampoco podía animarse a sí mismo a prohibírselo o hablar en clara contra. Ver lo importante que era para ella se lo impedía tajantemente. La quería y mimaba siempre que le era posible, como a la hija que nunca pudo tener tras la muerte de su esposa. Quería verla feliz.
Esa era la verdad parcial.
En realidad tenía mero miedo de contradecirla.
En una zona profunda y enterrada dentro de sí, en un sitio adonde ni siquiera quería mirar, se estremecía como un ratón frente al gato cuando la jovencita se le metía una idea fija entre sus cejas delgadas. La conocía bastante bien e intuía que había partes de su comportamiento que estaba más allá de sus posibilidades pretender controlar. Intentarlo equivaldría lo mismo a detener el impulso de un tsunami extendiendo las manos al frente. Incluso si la propia Valentina no se diera cuenta (lo cual prefería creer), desprendía un aura de abandono total en cada una de sus decisiones. Lo que ella quería, se hacía y no existiría barrera que se lo impidiera. No había visto qué podía suceder en semejante caso extraordinario, pero bastante le decía su propio instinto sobre lo poco que disfrutaría el espectáculo.
Pero como en la superficie, y la mayor parte del tiempo, la muchacha se portaba de forma impecable, ayudando con la casa, con el parque cuando se necesitaba, educándose por su cuenta, Tomás se sentía en la obligación de poner en práctica su rol paterno.
-A lo mejor tienes razón. En todo caso, ojo, no sea que ese imbécil acabe poniéndote la mano encima.
La jovencita se abrazó a su cuello y le besó en la mejilla. Tomás pasó la mano por sobre la blusa negra hasta el cinturón plateado que precedía su falda blanca. Parecía un personaje arrancado de los años 50, con coleta de caballo y zapatos sin tacón a juego. Era así desde que ella se diera cuenta de que la prefería de ese modo. ¿Te parezco bonita?, le preguntaba con su voz más suave.
Y él sólo podía decir que sí, olvidándose del mundo.
-No me pasará nada. Vuelvo en un rato, ¿meta?
-Meta.
————————-
Por fin, la tercera semana de vigilancia, sucedió. El cielo ya estaba en su estado de opacidad azul más puro, haciendo que la luz proveniente de la ventana en la sala resultara tan clara como un aviso publicitario de neón. Era fin de semana, de modo tal que la hija había salido con unas amigas.
Al volver tarde, quizá por tener el celular apagado o descargado, por lo tanto incapaz de avisar acerca de su paradero, la discusión inició primero en un tono duro y avanzó hacia los gritos, los reclamos, hasta que la hija corrió hacia las escaleras que la encerrarían en su habitación, lejos de la tensión nacida por su causa. La madre le pedía a su marido que se tranquilizara, que no fuera a seguirla como era obvio quería hacer, que sólo había sido un error y ya estaba.
Desde el interior del arbusto por donde espiaba, Valentina vio la expresión del hombre cambiar a la de uno obstinado en un empeño a una de rabia. Acusó a su esposa de estarla ayudando a su hija de ir a arruinarse la vida para andar acostándose por ahí como una puta regalada. Fueron inútiles los intentos de la mujer por cambiar su estado mental. Estaba embebido por ese presunto plan sucedido a sus espaldas y de ninguna manera iba a aceptar que lo que él imaginaba no era la verdad absoluta.
Dado que no lo era, y que encima tocaba una fibra demasiado sensible como para ignorarla, la mujer no encontraba otro curso de acción que negar con todas sus fuerzas. Esto a él le irritaba cada vez más hasta que finalmente, seco de palabras de ataque, recurrió a sus manos para ocuparse del problema.
La agarró del cuello y continuó gritando que no le mintiera, mientras la mujer a su vez hacía todos los sonidos de protesta de los que era capaz. Los dedos de ella le arañaban los antebrazos, le buscaban la cara, todo sin la menor coordinación o esperanza de obtener la liberación que necesitaba su cuerpo. Ocupados en su inútil lucha, no pudieron notar los pasos bajando rápidos que descendían por los escalones.
La madre a lo mejor alcanzó a ver por encima la raqueta de tenis llevada por los brazos de su hija, aunque en su situación de poco le sirvió para poner sobre aviso a su marido. El borde duro del objeto chocó contra la nuca del padre, noqueándolo en el acto a la vez que le abría una brecha en el cráneo. La respiración de la mujer de pronto recordaba al sonido de una foca agonizante. Ojos abiertos e incrédulos fijos en la inusitada escena. ¿Cómo era posible semejante cosa? El súbito sonido de la raqueta aterrizando sobre los escalones y deslizándose hacia abajo la hizo saltar en su sitio.
-Mamá… -decía la hija, mirándole el rostro en medio de lágrimas. Temblaba y sollozaba-. Má, ¿estás…?
-Llama a emergencias -le cortó la mujer con voz ronca pero firme.
Valentina había visto lo suficiente. Utilizó nuevamente las sombras en el jardín hasta llegar a la reja y volvió a saltarla por encima valiéndose de unas ramas, tal como hiciera para entrar. No quería ser vista por los enfermeros en cuanto estos llegaran. Mientras aguardaba, iba planeando. El tiempo corría y era demasiado tarde, Tomás estaría preocupado pero ella se mantuvo en calma durante la media hora que la sirenas tardaron en aparecer por la esquina. Tomás entendería que era una oportunidad en un millón, algo que no se repetiría fácilmente y debía aprovecharlo mientras podía.
La conmoción atrajo a los vecinos de las áreas más cercanas. Ventanas iluminadas y rostros en contra de ellas seguían el proceso de transportar en la camilla al padre de familia que la mayoría creía conocer, ahora coronado por unas vendas blancas sujetándole en lugar. Del interior del hogar salieron por detrás la esposa e hija, la primera, fuerte e inescrutable, abrazada a la segunda, desconsolada y casi histérica. Cuando estaban a punto de marcharse de camino al hospital, la mujer le susurró a su hija, le apretó el brazo y la dejó en el interior de la casa, cerrada la puerta con llave, antes de subir al lado de los enfermeros.
Valentina tomó fotografía mental del costado de la ambulancia. Conocía el lugar. Había acompañado a Tomás una vez que debía hacerse una revisión médica, resultando, para sorpresa del doctor, en que el hombre estaba en mucha mejor condición física que el promedio a su edad. Esperó a que las luces desaparecieran, una tras otra, y un poco más para asegurarse de que nadie la veía llamar a un remis nocturno. Le dijo al conductor adónde debía ir. Era una emergencia.
Para cuando Valentina llegó la puerta del garaje justo debajo del hospital había vuelto a cerrarse. Ignoró el pasamano que ascendían por los escalones comunicados con la sala de espera y se puso a rodear el edificio. Una entrada trasera. Sitios así siempre tenían una trasera. Para llevar cadáveres o permitir la entrada a enfermeros o sólo sacar la basura. La encontró. Pero no estaba sola.
Cerca de ahí un grupo de mujeres fumaba a sus anchas, expulsando nube gris tras nube gris al cielo como una manada completa de dragones hambrientos. Claro, adentro del hospital debían tenerlo prohibido y esa era su oportunidad de disfrutar en paz la intoxicación. Valentino se quedó en las inmediaciones, medio escuchando y medio no la conversación ordinaria desarrollada entre ellas. Entonces una de las mujeres revisó la hora en su muñeca y soltó qué puta mierda. Informó a las otras que el descanso se había terminado. Tres de ellas dejaron caer los cigarrillos y los aplastaron bajo la fricción de sus zapatos, pero el de la cuarta se mantuvo intacto entre sus dedos, todavía consumiéndose.
-Vayan ustedes adelante. Yo tengo que hacer una llamada a casa.
-Meta, pero no te tardes o después te meten la bronca.
-No hay problema. Vayan tranquilas.
Las cuatro mujeres entraron por la puerta. No la cerraron con llave en consideración a su compañera. La mujer dio la espalda al hospital, alejándose del radio luminoso, mientras sacaba un celular del soporte en su cinturón. Valentina, consciente de qué tremendo golpe afortunado era, se puso a pensar. Podía entrar tranquilamente, sin hacer ruido, mientras la enfermera estaba concentrada en la conclusión de sus propios asuntos. Pero entonces se puso a recordar todas las series y películas de crímenes que había visto por la televisión. ¿No necesitaría un pase para pasear libremente por los corredores? ¿No sería alguien capaz de llamar a la policía o seguridad del establecimiento si la encontraban merodeando sin poseer uno?
Valentina tomó una barra metálica cerca del contenedor de basura. En su mejor momento debió haber sido un sostenedor para la diálisis de un pobre enfermo pero ahora, doblado, roto y algo oxidado, no podría serle de mucha utilidad a nadie. Mejor era prevenir que lamentar, se dijo Valentina, pegando una pequeña corrida desde las sombras. El sonido de sus zapatos de charol alertó a la mujer en medio del proceso de marcas los números. Se giró y así recibió de frente lo que estaba destinado al atrás. Una visible c mayúscula se abrió arriba de su ceja salpicando sangre. Valentina tuvo curiosidad por comprobar si tenía oportunidad de verla poner los ojos en blanco antes de desmayarse, pero no tuvo tal cosa. La mujer sencillamente perdió consciencia, como un juguete al que hubieran mandado apagarse, y se derrumbó en el suelo. Todavía respiraba algo.
La muchacha le agarró de los brazos y la atrajo a la luz para tener una mejor visión. Vestía el traje oficial, indiscutible e indistinguible de las enfermeras, en una colorida versión dividida entre unos pantalones rosa y parte superior estampada en flores de femeninos colores. Arrugó la nariz como si le ofendiera tanto el olfato como la vista semejante mal gusto. Qué ordinario, parecía un payaso. Podía entenderlo de una niña que sólo pensara en jugar y divertirse pero ¿una mujer tan crecida? ¿Acaso no se enteraba que el negro era el color perfecto por antonomasia, el más elegante entre todos?
Pero no estaba ahí para perder el tiempo haciendo críticas de moda. La mujer era más baja que ella. No iba a ser un problema tomando en cuenta la holgura de las ropas tal como estaban diseñadas para permitir una total libertad de movimientos. Dejó los zapatos, demasiados grandes para sus pequeños pies, con su dueña mientras tomaba todo lo demás. Para finalizar se colocó la máscara para cirugías blanca y recogió su cabello dentro de la colita rosada. Luego miró a la mujer desnuda, reducida a la ropa interior, bombachas anchas y un corpiño color piel. La herida en su rostro ya había llegado a tocar con sus dedos rojos el suelo.
Si de alguna manera llegaba a sobrevivir esa noche iba a ser una pena que la encontraran así, totalmente impresentable. La policía pensaría en el acto que había sido víctima de un ataque sexual y ella misma podría estar confundida al respecto, debiendo convivir con esa mancha de su dignidad sin tener de verdad necesidad de ello. Que al final muriera tampoco iba a hacerle un favor. Irse del mundo con las vergüenzas al aire no era la mejor manera de despedirse.
De modo que Valentina, jadeando por el esfuerzo de arrastrar y manipular semejante peso en esa noche pesada de humedad, le calzó a la mujer su propio vestido negro. No consiguió subirle el cierre por todo el camino sino hasta después de muchos forcejeos. La tela parecía a punto de estallar conteniendo el tórax para el cual no estaba preparado. Esperaba que por lo menos le durara lo suficiente hasta el momento del hallazgo. En todo caso, por si las dudas, la colocó de espaldas en el suelo con las manos juntas encima del pecho. Si algo llegaba a desprenderse por lo menos estaría cubierta donde importaba. Al final no pudo resistir arreglarse el cabello, más específicamente el flequillo, de manera que le cubriera la herida y no pareciera tan impresionante a simple vista. Se alejó unos pasos para presenciar los efectos de su obra.
A cualquiera que llegara de pronto a esa zona le parecería que estaba durmiendo. La vestimenta incluso le restaba años. Contenta de haberle hecho ese favor a la mujer, Valentina se encontró ya dispuesta a enfrentarse a la incertidumbre dentro del hospital. Por más que le buscó en los bolsillos, no había encontrado ninguna identificación, así que debería contar con la simple presentación de su uniforme para pasar desapercibida.
No se esperaba encontrar los pasillos tan abarrotados. Los enfermos y los que venían a visitarlos se amontonaban entre sí para tener un espacio mientras aguardaban turnos. Había quienes tosían sin siquiera cubrirse la boca y gente a su alrededor haciendo muecas de desagrado, incapaces de escapar a ningún lado. Los propios encargados de mantener su salud pasaban a duras penas, yendo de una puerta cerrada a otra puerta cerrada. Si alguien quería hacerles una consulta rápida se encontraban con una mano en frente de sus narices pidiéndoles paciencia. Ella misma debió imitar la actitud mientras buscaba una pista, cual fuera, que le permitiera llegar a su objetivo.
Un joven estaba extendido en una camilla en medio del pasillo. De debajo de la sábana se elevaba la montaña de su rodilla en tanto la otra pierna permanecía oculta. Parecía dormido o por lo menos inconsciente. Raspones le cruzaban el rostro, desde el mentón hundido de una forma que no debía ser natural hasta las mejillas. Los parches de piel alrededor de los hoyos de carne rojiza desprendida parecían páginas de un libro abusado por demasiadas lecturas. La chica a su lado, presuntamente la novia, le sostenía la mano mientras que contra la pared llevaba un casco rojo. Los dos brazos presentaban heridas menores y moretones poniéndose morados, pero fuera de eso parecía ilesa.
Tenía una mirada perdida en los ojos que hizo dudar a Vale1ntina sobre si no le habrían dado una droga para que calmar los nervios. Pasó al lado de la pareja sin que ninguno de los dos girara hacia ella. Recién en el tercer piso empezaban las habitaciones de los enfermos. Le alivió e irritó en igual medida ver que otras enfermeras compartían el mismo diseño que ella. Incluso si se encontraba con las amigas de la dueña original, estas podían tomarla por cualquier otra de las presentes, uno a la que no necesitaran hacerle preguntas.
Como no tenía idea en qué unidad enviarían al estrangulador frustrado, fue pasando de una en una, saltándose nada más la de maternidad, abriendo las puertas disponibles y cerrándolas, hasta que finalmente vio a la esposa estrangulada dentro de una de las habitaciones. Permanecía sentada en una silla a los pies de una cama igual a todas las otras, pero que sin duda debía contener al marido. El abrigo llevado a toda prisa de casa le cubría los hombros y el cuello para disimular las marcas culpables. Valentina vio la hora en un reloj encima de la ventana del cuarto. Deseó haber sabido cuál era el horario de las visitas. Ni siquiera estaba segura de que la mujer no preferiría quedarse ahí, vigilante, toda la noche. Imaginó que hasta ese punto podría llevarla el miedo de lo que haría su esposo si se enteraba de que no estaba al pendiente de su condición. De última podía escabullirse en el interior cuando estuviera dormida y quizá mantenerla así con otro golpe, uno mucho más calculado y seguro que el dado a la enfermera, obviamente.
Bueno, bien podía sacarle partido a la espera. Se adelantó a la sala de descanso, a la cual había encontrado por accidente en su búsqueda, y mientras el resto de las personas salían o entraban con cierta urgencia, ella se dirigió al teléfono pago en un rincón. No le gustó tener que utilizar el dinero de la mujer que ahora llevaba su vestido. Ella no era una ladrona. Pero se había gastado el último poco de dinero que tenía en el remis para el hospital, por lo que no tenía otra opción. Marcó el número que Tomás le había dicho jamás debería olvidar.
-Buenas noches. Cementerio privado El parque de la Paz. ¿Qué se le ofrece?
-Soy yo. Che, escucha, voy a tardar un poco más de lo que esperaba.
-¡Vale! Ya me estaba preocupado. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué suenas así?
Valentina se dio cuenta de que todavía llevaba la máscara para cirugía encima. Se la sacó.
-No ha pasado nada. Lo único es que no sé cuánto voy a demorar. A la hora que sea me voy yo sola. Tengo llave así que no me tienes que esperar despierto.
-¿Pero en qué andas metida vos? ¿Volver de dónde? ¿Dónde andas?
Valentina giró los ojos. Quería al viejo Tomás, y ella de por sí se consideraba paciente, pero a veces lograba irritarla.
-Escúchame. Voy a volver en cuanto pueda, ¿meta? Vos no te preocupes que no ha pasado nada malo.
Por unos segundos no hubo ni un sonido al otro lado de la línea. Valentina vio que seguía comunicada. Entonces el guardián del cementerio dijo en tono quedo:
-Lo que sea que hagas, ten cuidado.
La muchacha sonrió. Mucho mejor así.
-Descansa. Nos vemos luego –Y cortó.
Regresó a la habitación donde tendría que entrar tarde o temprano y observó por la ventana que la mujer seguí, casi en la exacta posición de antes. Aterrorizada, seguramente, pero tan acostumbrada al sentimiento que ya casi no se le notaba y en cambio sólo conservaba la patente angustia. Muy pronto no tendría que volver a mostrar una cara así, de vieja, de nuevo. Al menos no por la misma causa.
Sin embargo, de momento tendría que dejarla ser. Acababa de nacerle una idea y con ella se había dado cuenta de que se estaba dejando algunos cabos sueltos en su planeación. No podía improvisar sobre la marcha una vez estuviera dentro. Existían miles de manera en que un hecho la interrumpiera y el mejor curso de acción era evitar el mayor número. Requería tiempo e instrumentos. Mientras más contara con esos dos elementos, mayor el resguardo. Con ese pensamiento en mente, se sintió como un personaje de una serie policial. Una intrépida policía metiéndose en la guarida del criminal de turno para aprehenderlo por sorpresa.
¡Qué divertido! En cuanto tuvo todo lo necesario reunido en una mochila, tomada previamente del vestuario, estaba lista. Valentina se dejó puesta la máscara de cirugía para ocultar su sonrisa de adelantada satisfacción. Una buena idea pues, aunque la muchacha misma no se enteraría al principio, a más de uno podría helarle la sangre vérsela. Los ojos verdes de los que se sentía tan complacida habrían contribuido al efecto, reducidos ahora a una ventana solida a una habitación fría y sin muebles donde todo, absolutamente todo, era posible.
—-
Después de despertar de cualquier cosa que esos enfermeros de mierda le pusieran en la ambulancia, se despertó para encontrarse a la estampa patética de su esposa aguardándole con las lágrimas al borde los ojos. Le irritó de sobremanera. ¿Pensaba que él iba a levantarse a consolarla o algo parecido? Exigió explicaciones y, al no recibirlas de inmediato, la despachó del cuarto por inútil. Eran las 2:00 AM, pero él se dijo que permanecería despierto en espera de la policía para presentar su propia declaración de los hechos. Él era la víctima después de todo y su esposa no les daría nada con lo cual trabajar. El hecho de que se negara a decirle de una y sin reparos lo que le había sucedido le daba demasiada mala espina. No le sorprendería nada descubrir que ella había tenido algo que ver al respecto.
El dolor de cabeza era insoportable. Las vendas, tan necesarias como debieron creer que eran, le resultaban molestas y le picaba la piel debajo. La cama era muy delgada, incómoda para su cuerpo acostumbrado al somier de su casa. Hacía frío. ¿Por qué mierda no venía nadie a cerrar esa puta ventana? Esas miserables sabanas no abrigarían ni a una hormiga. Parecía una de esas noches en las que el dueño sencillamente no iba a presentarse por mucho que le llamaran.
No obstante, recibir esos medicamentos y aquel golpe debía haber agotado su organismo más de lo que pensara, porque apenas se encontró solo en el cuarto los párpados comenzaron a cerrársele. Un buen descanso a lo mejor ayudara a aclararle las ideas.
Regresó a la realidad sintiéndose constreñido. Los primeros instantes pensó que sería la famosa parálisis del sueño jugando con su mente. La había padecido una o dos veces de joven y otras cuantas en su vida adulta. Una de las primeras normas a tomar en cuenta cuando uno se hallaba en medio de una situación semejante era mantener la calma y los ojos cerrados. Si los abría confundiría las sombras y los contornos de la habitación para crearse su propia pesadilla personas, en vivo y en directo, generándose un festín de estrés que no deseaba padecer. Así iba a quedarse quieto, porque moverse de todos modos estaba fuera de cuestión, y esperaría a que el resto de su cerebro se enterara que era hora de dormir. Tenía ganas de ir al baño. Y sed. Iría a remojarse la garganta.
Pero pronto se dio cuenta de que se había equivocado en su análisis inicial. Podía mover las manos y las piernas. La razón de que no pudiera moverlos mucho o fuera de la cama era porque estaban sujetos por una especie de cuerda gruesa que los oprimía contra la cama.
Abrió los ojos.
Las luces del cuarto estaban apagadas, pero todavía entraba una porción de luz por la ventana. Las luces cambiantes de un anuncio de neón cambiaban los colores predominantes, bañándolo todo de un color rosado o azul alternativamente. Tenía unas sábanas ajenas a las suyas recorriéndole el pecho y tres partes de sus partes, pasando por debajo de la cama y de vuelta arriba hasta acabar en un lazo gigantesco. Intentó hablar y lo halló imposible. Dentro de su boca había un pedazo de tela áspera, quizá una media, y sobre sus labios por lo menos cinco capas de cinta adhesiva manteniéndolos unidos.
Lo más alarmante no era nada de eso, en realidad. Lo que acabó de acelerar el pulso en su pecha fue la visión súbita e inexplicable de una sombra en el rincón, adonde la luz ni siquiera la acariciaba. Al verlo luchar por moverse, la figura se movió para revelar su verdadera forma: una muñeca de porcelana viviente vestida de enfermera.
No, se corrigió inmediatamente, rechazando el absurdo. Era una jovencita, probablemente mayor que su hija, vistiendo de enfermera.
-Despertaste justo a tiempo –dijo con una voz aguda. Se adelantó con las manos a la espalda hacia un lado de la cama. El sonido de sus zapatos y su propia respiración eran lo único que se oían en el cuarto-. Realmente daba igual si despertabas o no, pero creí que tendría menos sentido si se te ocurría dormir hasta mañana. O sea, como un anticlímax de esos que ni vale la pena ver.
La alarma en su cerebro se activó. No le gustaba nada de eso. Él era un hombre fuerte que se mantenía en forma. Sin embargo, por más que se revolvía, la sujeción a la cama era demasiado fuerte para él. Los medicamentos que le dieran también debían estar contribuyendo. Fulminó a la chica con la vista, enviando los rayos de Zeus a reducirla a cenizas. Le daba igual la edad que tuviera o que trabajara ahí. Si esa pequeña puta no lo liberaba en ese mismo instante ese hospital iba a conocer la demanda de su vida. No pensaba tolerar semejante abuso.
Ella ladeó la cabeza ante su gesto.
-A lo mejor ya te has dado cuenta de que este no es el procedimiento normal para tratar a un paciente, ¿no? Si fueran a operarte por ese hueco que tienes en la cabeza se habrían limitado a ponerte la anestesia y vos no te enterarías de nada hasta que se pasara el efecto. Entonces te preguntarás, con razón, qué carajo hago yo aquí. ¿Acerté más o menos tus ideas?
Hija de puta, pendeja de mierda, pelotuda, retrasada mental, pedazo de mierda…
-Bueno –dijo ella, rebuscando en la mochila puesta sobre una cómoda, ignorando los forcejeos en la cama-, en realidad a vos no te hace ninguna falta saber. Pero, como tampoco te hará ningún daño, la cosa va de ayudar a tu esposa. Verás, yo no pienso que algo de brusquedad sea mala. Bien manejada no tiene por qué serlo. Lo que no me aguanto es que la hagas sufrir a quien no se lo merece con ella. O quizá sí se lo merezca un poco, vete a saber a saber, yo no vivo con ella, pero claro queda que vos exageras la dosis. Qué lástima, la verdad. Tan bonito cuello que tenía y vos vienes a jodérselo así.
Por fin sacó lo que ella quería; una sierra manual de huesos. El rechinido producto de sus movimientos se detuvo. Ahora sólo le servían los pocos autos que pasaban por la calle a las 3:00 AM como sonido de fondo a lo que sin duda, sin duda, era una pesadilla de lo más estúpida. Cerró los ojos con fuerza, respiró profundamente a pesar de la molesta media, y se forzó a despertar.
Al mirar otra vez, ella sostenía un tubo de goma y una jeringa vacía.
-Me he estado debatiendo mucho rato –continuó ella con una sonrisa, deleitándose ante la plena consciencia de su miedo- si cortaba antes o después. Antes, claro, habría sido mejor para vos y más entretenido para mí, pero por ahí vos te podías agitar más de la cuenta, voltear la cama o hacer que el ruido acabe alertando a alguien. Y eso no me convenía, así que no me ha quedado de otra que decidir por el después.
La aguja, larga y metálica, resplandecía en dejos rosados. Dado el minúsculo espacio donde el reflejo debía caer y la oscuridad general, parecía el guiño de un ojo demoniaco.
-Lo vi una vez en CSI –dijo la jovencita, acercándose-. Un adicto preparaba mal la droga y eso causaba su muerte. ¿Sabes cómo fue que pasó? ¿Cuál fue ese pequeño y estúpido error que acabó matándolo?
Los intentos de escapar se redoblaron. Los murmullos tras la mordaza aumentaron de volumen, pero en todo caso todavía eran muy bajos, demasiado opacos para lo que su receptor pretendía.
-Una sola burbuja de aire –pronunció ella dulcemente, clavándole la aguja en el cuello, sobre la vena que siempre le palpitaba cuando se enfurecía mucho.
La línea negra de la jeringa pasó del 3 a más abajo del 0 sin que hubiera nada en medio.
A las 4:00 AM se había conglomerado una pequeña multitud frente al hospital, la mayoría proveniente del propio interior del edificio. El espectáculo no era otro que el cuerpo de un hombre caído de cabeza contra el pavimento. Mientras unos cuantos tomaban fotografías o filmaban la inesperada escena, los doctores se acercaban al cadáver (por su estado actual ya no existía salvación posible) para darle un examen superficial y cubrirlo con una sábana, otorgándole ese mínimo de decoro.
Valentina, tras haberse apartado lo suficiente del hospital, volteó una vez. Excepto por un tipo que le preguntó qué había pasado, como si por su uniforme ella debiera saberlo, nadie le puso reparos a su retirada. Viendo a las personas todavía aproximándose en sus ansias de saber, tuvo una ligera sensación como si se hubiera olvidado algo. ¿Lo había hecho en serio? Se detuvo en una esquina donde la única pantalla de luz parecía haber sido reventada de un golpe y se puso a tocar por un agujero abierto por la cremallera su contenido.
Algo filoso y húmedo, sí. Algo rugoso, sí. La billetera de la enfermera, sí. La cajita metálica con las jeringas, sí. Algo pesado dentro de una bolsa plástica, sí. No, nada le faltaba. Qué extraño.
Bueno, no era la primera vez que le sucedía. Lo más probable, como todas las otras ocasiones, era que no se tratara de nada que debiera inquietarla.
Las luces en casa estaban encendidas. El hecho no la sorprendió ni tampoco abrir la puerta, para encontrarse a Tomás viendo la televisión en la sala a la vez que ojeaba un libro en su regazo. Al oír el sonido de la traba en la puerta siendo activado, levantó la mirada, marcó la página sin mirarla y dejó su lectura a un lado. Primero se mostró dubitativo mientras Valentina se sacaba sus zapatos de charol, tirada en una silla, pero luego adquirió decisión suficiente para preguntar.
-¿Qué es lo que has hecho, Vale? ¿Por qué vienes vestida así?
-No me quedó de otra –respondió la joven caminando hacia él en sus medias blancas. Se sentó en el lugar que antes ocupara el libro, tomándolo a este en sus manos. Tomás, casi por costumbre, le rodeó la cintura con un brazo-. Quería devolverla, pero no me dejaron.
-Vale… -dijo el hombre, aunque era evidente que en realidad no tenía idea de qué decir.
Valentina arqueó una ceja y se apoyó contra él, suspirando. Le dolía las piernas de tanto caminar y trepar con un calzado obviamente no diseñado para esos fines. Percibía una ampolla formándosele en el talón y un costado de la planta. Dolor, cansancio, casa.
-De nuevo con la Lolita de Nabokov –ofreció para cambiar el tema.
Era el libro favorito de Tomás, prácticamente el único que releía con cierta regularidad. Hacía tiempo le había comentado que ella le recordaba muchísimo a la musa del protagonista en el relato, razón por la cual Valentina se forzó a terminarlo, aunque la narración se le hiciera insufrible de a momentos. Al final resultó que toda la obra le era insoportable.
-No sé qué le ves a esta tipa –dijo señalando la portada; fotografía en blanco y negro de Sue Lyon, la actriz que interpretaría al personaje en pantalla, leyendo una revista e inflando un globo de chicle mientras le guiñaba el ojo a la cámara-. No me gusta.
Tomás se relajó, al menos un poco. Ese era un terreno más seguro para él.
-¿Por qué, Vale?
-Porque vos crees que esa soy yo y no es así. Yo me vestiré con un estilo lolita, pero no me gusta que me comparen con ella. Sólo era una aprovechada. Me da pena el tipo, que tanto la quería, la idolatraba incluso, y ella que sólo le daba el gusto por cosas. ¿Y para qué? De última los dos acaban miserables y solos, cambiando cheques de manos.
-Pero la historia no es tan así. Actuó como lo hizo en favor de tener una vida normal o lo más normal posible. Ella no buscó ni quiso ser el centro del protagonista.
-Y luego lo tiró como un trapo sucio tras un tipejo que menos bolilla le iba a dar que no sé qué cosa –Valentina tomó la mano ancha del hombre y entrelazó los dedos con él-. Todo ese cariño para nada. Todo el tiempo que tuvieron al carajo y chau, como si nada, como si no importara. Es horrible.
Tomás le frotó la espalda y le apretó un hombro.
-¿Y vos por qué me aceptas, Vale? Si no quieres ir a la escuela a aprender como los otros, no quieres salir con otras chicas o chicos, ¿qué es lo que quieres?
-No sé –dijo la joven con sinceridad, levantando un poco la cabeza-. Pero sé que no quiero estar sola hasta que lo sepa. Eso es lo que más miedo me da, ¿sabes? Y sobre tu otra pregunta –Le miró a los ojos-, me gustas. Y ya. No necesito otra razón.
A Tomás le encantaría creer que amor, cariño y ternura destilaban por esa mirada verde claro como el interior de las uvas, que una mirada tan especial y única le era dirigida a él, lista para derretirle el corazón. Pero en su lugar se encontró una vez más con un vacío insondable que no sabía cómo cruzar sin ser tragado por sus profundidades. La sensación de viento helado llegándole al alma, a pesar del cuerpo cálido, no era algo nuevo para él. Rompió el contacto dándole un beso en la frente.
Se dijo que era un alivio que estuviera bien.
-¿Vamos a la cama?
Valentina sonrió, cansada.
-Sí.

La señora Gutiérrez había tenido más de un motivo de disgusto desde el incidente sucedido a su marido una semana atrás. Como si evitar a los molestos reporteros que llegaban a su puerta o llamaban a su casa pidiendo una declaración no fuera bastante, los ataques nerviosos de su hija, producto de una infundada culpabilidad, le habían ocasionado una nueva suspensión en el colegio. Era la segunda y a la tercera, si es que llegaba a haberla, le había advertido la directora dentro de su oficina, las reglas decían que sería expulsada, definitiva y oficialmente. Justo en la mitad del año escolar, por si fuera poco, volviendo casi imposible la tarea de encontrar un instituto que la aceptara en esas condiciones. La cita con el psiquiatra se estaba volviendo urgente con cada día que pasaba. A ese paso tendría que pedirle un descuento de dos por uno.
Al apearse frente a su hogar, suspiró de alivio porque la entrada estuviera vacía. A lo mejor tenía tiempo para tomar una siesta antes de que ir a recoger a su hijo del colegio. Últimamente tomaba muchas siestas, se sentía cansada, seguro que por el estrés combinado con el duelo. Todavía le quedaban unos ibuprofenos en su cartera.
Sin embargo, cuando estuvo frente a la puerta, vio un paquete a sus pies. Se trataba de una caja envuelta en papel de regalo a rayas negras y plateadas, decorada con un bonito moño de tela negra. Pegado con un alfiler blanco llevaba una tarjeta que decía, simplemente: “Espero que estén bien después de recibir esto.” Ni firma ni la menor sugerencia de un remitente. Pensó al primer segundo que podía ser un regalo de los compañeros de su hija destinada a animarla en esos tiempos difíciles. Lo único que la desconcertaba era el color sombrío, pero quizá fuera un detalle caprichoso.
Entró, dejó sus llaves en el gancho a un lado de la puerta y dejó el paquete sobre la mesa.
-¿Mamá? –llamó su hija mientras ella iba por un vaso de jugo a la cocina.
-Aquí. ¿Cómo andas?
-Mejor. ¿Y esta caja?
-No sé, la encontré en la entrada. Creí que a lo mejor alguno de tus amigos la había dejado.
-¿Te parece? –Su hija ya había tomado el regalo y lo pesaba, moviéndolo de un lado a otro. En el interior se oía dos objetos de cierto peso chocando entre sí y las paredes. Leyó la tarjeta con el ceño fruncido-. En la vida había visto una escritura así. Parece hecha por computadora.
Eso también lo había pensado la señora Gutiérrez, pero al otro lado de la tarjeta se veía claramente la presión que habían puesto sobre la lapicera. De ser así, supuso, uno de los jóvenes debió pedirle a su padre que desempolvara sus viejos conocimientos de caligrafía, cuando en el colegio tenían cuadernos especiales para lograr formas estilizadas. Ahora las escuelas se contentaban con que supieran escribir. Y a veces ni eso, pensó recordando un caso que había oído en la oficina de la boca de una chica que daba clases particulares y una vez le tocó enseñar a un niño en segundo grado que ni siquiera sabía lo que era el abecedario. Lo habían pasado de año sin ese conocimiento básico aprendido.
De pronto un grito horroroso salió de la sala. La señora Gutiérrez chilló el nombre de su hija y corrió casi tropezándose en las sillas.
-¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¡No me espantes así, hija, que me va a dar un infarto!
La adolescente, aparentemente ilesa, llorando desconsolada de pie, señaló el piso con un dedo tembloroso. En cuanto lo vio, la señora Gutiérrez no alcanzó a gritar. Su terror fue demasiado para expresarlo de una forma tan mundana. Cerca de la caja de donde habían provenido estaban las manos cercenadas de su esposo, las que la policía ni ningún miembro del personal del hospital pudieron encontrar pese a todo sus esfuerzos, cuya ausencia causó el interés y la mórbida curiosidad de los medios de comunicación, llegando a especular que se había tratado de un arreglo de cuentas por drogas. Las muñecas, ahora limpias y secas, estaban unidas por un cinto ancho de tela negra. Prendido al moño de uno de ellos estaba sujeta otra tarjeta escrita con la misma letra elegante:
“Ahora pueden estar en paz.”
Mature Content Filter is On
(Contains: violence/gore)
    “Now I´ve got a belly full
   You can be my sugar-baby
   You can be my honey child, yes”

-Queen.

Capítulo 2: El hombre amistoso

La Plaza Sarmiento era un centro de modesta actividad. Menos comercial que la de Libertad, solía ser el sitio donde los jóvenes jugaban sus partidos de futbol con bolsas convertidas en pelotas. Cada tarde eran infaltables los corredores que trotaban por el camino de mosaico entre los árboles. Por la noche, cuando las luces de la fuente se encendían y empezaban su recorrido por los tonos del arcoíris, ellos se estiraban cerca del podio donde se alzaban postes imponentes antes de iniciar el regreso a sus hogares. Los estudiantes del profesorado en la Escuela Normal ya salían a ocupar los asientos de sus motocicletas o automóviles, contribuyendo al oscurecimiento y abandono del edificio.

A las 3:00 A.M, sin embargo, ya no quedaba nadie. El borracho de siempre (o más bien, uno de los borrachos de siempre) podría haber presenciado el auto del sacerdote detenerse en la esquina, pero tenía demasiado vino barato en las venas para que reparara en la figura negra sin collarín, acercarse a otra más pequeña que jugaba en la fuente. La conocía a esta última o al menos su presencia no le era extraña. A pesar de su incapacidad de retener al tiempo en su justa medida, sabía que desde hacía poco aquel era un residente permanente de la plaza. Siempre dolía un poco verlos tan chicos, pero en su caso era peor. De color tan blanquito, incluso sin haberse bañado en días, sencillamente no parecía pertenecer a ese modo de vida. Pero eran de esas cosas que uno aprendía a aceptar como parte impuesta del paisaje. A fin de cuentas, la mala suerte nunca había discriminado antes.
El sacerdote sin collarín habló brevemente con el error del destino antes de llevárselo consigo de la mano. Adentro del auto, le ajustó el cinturón y lo ayudó a acomodarse antes de entregarle la barra de chocolate que le había prometido.
-Pero cómela con calma o te hará mal -advirtió inútilmente, pues apenas tuvo el empaque entre sus manos el destino de la golosina estaba sellado.
En menos de dos minutos la criatura lamía los restos dejados en sus dedos. Cuando el semáforo se puso en rojo, contempló la pequeña lengua envolver los delgados dedos, pasando encima de ellos una y otra vez, antes de que la boca rosada se pusiera a chupar la punta con un evidente deleite. Al hombre ni siquiera se le pasó por la mente protestar al respecto.
Debido a lo tardío de la noche, no había tráfico aguardándolo al estacionar frente al imponente convento de San Francisco en la calle Roca. Se bajó del vehículo y le abrió la puerta a su acompañante desde el otro lado, tomándole de las caderas para bajarlo al suelo después de liberarlo. Lo condujo de la mano, fría y húmeda por la saliva infantil.
-Tengo muchas más cosas adentro -le prometía abriendo, como siempre, la puerta trasera-. Te gustan los dulces, ¿no? Hay galletas, chocolates, gaseosas, todo lo que vos quieras.
Le parecía que el otro no podía mucha atención a sus palabras. Observaba como en un trance la habitación llena de los ropajes ceremoniales, las vitrinas con los reconocimientos concedidos a la iglesia, fotos de la graduación de los estudiantes y las copas doradas para impartir la eucaristía. Al principio le preocupó que se tratara de un síntoma de avaricia pronta a estimular su inteligencia, pero pronto entendió que la expresión sólo pretendía evidenciar curiosidad, tan simple y sincera como la de cualquier ser en desarrollo. No obstante, ninguna pregunta rompía el silencio de ese templo nocturno.
Tras penetrar por otra puerta, subieron las escaleras hasta su habitación. Estaba muy oscuro, pero ni aun entonces el hombre percibió un deseo de retroceder.
-Pero antes de que puedas comer, te deberás bañar. No querrás enfermarte llevándote a la boca todos esos sucios microbios de la calle. Lo mejor será librarte de todo ello.
El cuarto era modesto, mínimo en sus decoraciones, pero estaba cálido gracias al calefactor del rincón. Iba perfecto para descansar tras una noche como aquella. Completamente iluminado y tranquilo dentro de sus dominios, el sacerdote se giró para ver a la niña. No tenía idea de cómo, pero de alguna forma le pareció todavía más preciosa que esa tarde, cuando la vio por primera vez pidiéndole unas monedas a los carreristas. El tono agudo de su voz se le hizo interesante, habiendo oído el bajo y patético que otros jóvenes en su misma situación solían emplear.
En su afán por inspirar compasión, esas pobres almas engendraban en cambio un inmediato rechazo por su aspecto de eterno descuido, de no haber conocido nunca mejor en la vida. En cambio esa nena, descalza y ataviada con un vestido celeste deslavado, decorado con más agujeros de los necesarios, movía al corazón al no buscarlo conscientemente, al dejar que estos se sintieran imantados por ella. Ver esa carita manchada de tierra y la falta de sonrisa era suficiente para impulsar la generosidad. No era de extrañar que hubiera recibido un billete de dos pesos en lugar de las monedas.
-Gracias -decía la pequeña suavemente, provocando una irresistible ternura.
Deseó ser el receptor de esa gratitud. Deseó estar cerca de ella. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que sintiera un llamado tan patente en su pecho. Lo extrañaba como el sabor de una factura en una tarde de invierno.
Los ojos verdes le aguardaban.
-Báñate bien y podrás comer lo que quieras -dijo, abriendo la puerta del baño.
La vieja tina de diseño antiguo se le ofrecía como un manantial en medio del desierto. Había tomado la precaución de llenarla hasta la mitad antes de salir en busca de su nueva amiga, pero ahora el agua estaba fría. Dejó que el chorro caliente lo contrarrestara. Se volvió a la pequeña y se arrodilló ante ella, tomándole del dobladillo del vestido.
-Te voy a ayudar a meterte, ¿quieres? Pero para eso voy a tener que quitarte esto.
Un sólo parpadeo. El sacerdote sonrió antes de subirle la prenda por la cabeza. Era dos tallas más grandes de lo que a la niña le hacía falta, por lo que resultó penosamente fácil pasar de su cabeza despeinada y los brazos delgados. Vio las venas dibujadas en sus muñecas breves y pensó ilusionado que en otros tiempos ese habría sido un signo de realeza, la marca de una sangre azul. “Pequeña princesa”, comenzó a llamarla. Quería decirle “mi pequeña princesa”, pero la experiencia le había enseñado que se llevaba menos decepciones si aprendía a tener paciencia.
La dulce muñequita estaba desnuda debajo.
Entonces se dio cuenta de que no era una muñequita.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó porque, después de todo, portaba un vestido y no una remera amplia.
-Valentina -dijo con su voz aguda, alzando la vista.
Ningún intento de engaño. Para bien o para mal le decía su verdad. El sacerdote creyó que era curioso ver un caso semejante en alguien tan joven, pero iba a seguir la corriente de los acontecimientos. La sorpresa no tenía por qué deshacer sus planes si no se lo permitía.
-Bueno, Vale, deja que te meta adentro.
El agua de la tina ya echaba un agradable vapor llegados a ese punto. Al levantarla tomándola por las axilas, las anchas manos del hombre percibieron los huesos de la espalda y los músculos. Vio que si quería podría fácilmente aprisionar los brazos dentro de sus dedos índice y pulgar. Esperaba solucionar pronto ese problema de la mala alimentación, poner algo de suavidad debajo de la carne estirada.
Sentada en la tina, el pecho de la niña quedó cortado por la mitad. Envuelta por el elemento líquido, respirando el humillo blanquecino, la pequeña sonrió de una manera que derritió cualquier defensa en el corazón del hombre y empezó a mover los miembros, los brazos y piernas, divirtiéndose con las cálidas ondas que volvían a acariciarla. Débiles estremecimientos de placer sacudían sus blancos hombros, se le hacían minúsculos hoyuelos en las mejillas sonrojadas.
¿Se había bañado antes y revivía la experiencia? ¿Ese era el goce de la primera vez? Pese a su variada experiencia, el sacerdote no acababa de tener claro el sitio que debió ocupar la niña en las calles. La mayoría de los chicos estaban ahí porque sus padres lo estaban y eran mandados por estos a vender, a robar, mendigar, lo que hiciera falta para llevarse algo a la boca. Eran celosos y desconfiados, un sólido grupo que se conocía por obligación de las circunstancias y en ocasiones llegaban a cuidarse entre sí. Dar con uno de ellos solo era inusual, sobretodo a la madrugada, ya que para entonces habían regresado a sus casas heladas a descansar.
Todo lo opuesto a aquella niña solitaria. No quería ni imaginar durante cuánto tiempo habría sido así, ella contra el mundo frío y cruel del exterior, sin unos padres que la pegaran por no traer los beneficios esperados ni le hicieran una comida caliente. Quizá en algún momento conseguiría que ella se lo contara, cuando hubiera armado un cierto puente de confianza entre ellos. De momento quería asegurarle un descanso seguro y pacífico, una verdadera novedad para semejante existencia miserable.
Pese a sus expectativas, ella se movió dócil cuando empezó a pasarle el jabón humedecido. Se quedaba quieta sin necesidad de pedírselo y levantaba el brazo hasta el techo, mientras su otra mano continuaba haciendo una parodia del nado estilo rana debajo del agua prístina. Las capas de mugre iban desprendiéndose como garrapatas indeseables ante un potente veneno, disolviéndose.
Libre de aquel disfraz callejero su verdadera forma se le presentó al hombre, recordándole a aquellas muñecas de porcelana con las cuales su madre solía decorar cada rincón disponible en la casa. En los fines de semana sacaba a las figuras de sus soportes y les pasaba un repasador apenas humedecido por encima para quitarles el polvo. No importaba lo grande o pequeña que fuera, no importaba que se viera impecable, a ellas quería dedicarles su porción de tiempo y mientras tanto decía “¿no te parece que Micaela está preciosa?”, “Pamela es uno de las más bonitas” y “ojala hubiera más niñas como Anahí.”
Y él le daba la razón, porque en verdad todas eran preciosas. Divinas, angelicales, siempre dispuestas a ofrecer una sonrisa de relleno blanco y miradas amables de líneas negras brillantes. Lamentó mucho que llegara el momento en que mamá tuviera que empezar a venderlas para pagarle la matrícula del colegio, mucho más elevado que el año pasado. Al final quedaron unas cuantas, antigüedades todavía dignas de tomarse en cuenta, pero flores en marchitas con comparación con las nobles caídas. No una, sino dos tardes serían las que se encerrara a llorar en su cuarto porque su favorita, una morena llamada Florencia, también tuvo que ser empaquetada y entregada a un nuevo dueño.
Otros niños jugaban con muñecos de plástico o madera, incluso de papel cuando la imaginación les daba por ahí. Él era el único de su cuadra (o del mundo, por lo que sabía) que se dedicaba por entero a las niñas de sus madre, que sentía una inmensa felicidad casi equiparable al éxtasis cuando les cambiaba los vestidos, cuando les arreglas los pequeños rizos tan fáciles de echarse a perder y les inventaba una conversación. Sentía que nadie más que él era capaz de cuidarlas con tanto cariño, ni siquiera su madre, que sólo las quería por su aspecto decorativo y le regaña cada vez que lo veía subirse al estante para alcanzarlas. Ellas tenían que esperarlo hasta que se fuera a trabajar o tomara la siesta.
A lo largo de su vida había vuelto a encontrarse con varias Micaelas de ojos castaños y graciosas pecas sobre narices respingonas. Otras Pamelas de miradas como el cielo. Muchas Anahís de cabellos largos, capas dorados donde quería acurrucarse a dormir sintiendo su respiración acompasada. Las veía por las calles, de la mano de sus padres, hermanos o niñeros, saliendo del colegio o paseando por el centro en compañía de un grupo de desfavorecidas amigas risueñas. A centímetros de su auto, pasándole por al lado, dejándole oír sus pasos pero sin darle la oportunidad de caminar a su lado, de cuidarlas, de amarlas como ellas se lo merecían.
Ahora no sólo acababa de encontrar a una de sus viejas amigas, sino que estaba libre y nadie más la guiaría de la mano que él. Venía con un pequeño gran defecto de fábrica, pero eso era lo de menos, aprendería a ignorarlo. Tocarla y sentirla respirar, absorbiendo el calor del agua, chapoteando alegremente, le elevaba a un éxtasis que su vocación sólo falló en concederle. Estaba seguro que cuando el champú y la crema enjuague hubieran hecho su trabajo el cabello negro ya no sería ese nido de pájaros grasiento de antes, sino una suave cascada donde un buen set de lazos y broches resaltarían la belleza natural que inspiraba.
-Muy bien -reconoció, empapándole la cabeza, no sin antes ponerle una mano a modo de visera para que la espuma no le irritara los ojos. Tomó nota mental de que tendría que comprar productos infantiles otra vez. Los últimos se le habían acabado con Anastasia-. Te has portado muy bien, Valentina. Sos una niña muy buena. Ahora necesito que te levantes así puedo secarte.
Recogió la toalla más suave de su armario y la restregó por los miembros extendidos. La frotaba con delicadeza, haciéndole círculos a la espalda para llegar al otro costado, tomándole los dedos entre los suyos para continuar todo el camino por sus brazos.
-Levanta la pierna, cualquiera. No hay que dejar ningún espacio.
Y así cumplió lo dicho. En cierto momento el montón de la toalla se distendió, causando que permaneciera sólo una capa de tela entre la piel de la niña y la mano exhaustiva del sacerdote. En ese punto donde la diferencia se hizo evidente, Valentina sintió cosquillas y se encogió un poco, riéndose, con lo cual el hombre también lo hizo.
-Excelente -la felicitó, poniéndose de pie. La rodilla le dolió por andar tanto rato sentado en la orilla, aunque no le hizo caso. No eran más que otro recordatorio de que uno ya se estaba haciendo viejo, por lo tanto no tenía tiempo que perder en ensoñaciones como cuando era un niño y vivía confundido sin saber por qué-. Creo que tengo algo de tu tamaño en mi pieza. Vamos a ponerte algo cómodo y luego podemos ir a la cocina si quieres.
Volvió a alzarla para sacarla de la tina. Esta vez se la cargo directamente sobre el pecho. Los brazos de la niña le rodearon el cuello y sus piernas le rodearon la cintura por un lado. En esa posición no pudo evitar aspirar el aroma de su cabeza recién lavada. Aunque hubiera utilizado un champú corriente, todavía conservaba esa esencia particular, la única virtud que nunca poseyeron sus viejas amigas. Le recogió un mechón detrás de la pequeña oreja, cuando la boca se abrió para dejar escapar un hondo bostezo.
-¿Estás cansada, Vale? Claro, si ya es tan tarde. ¡Las 4 de la madrugada, pobrecita! ¿Quieres dormir ahora y mañana te preparo un rico desayuno? -La niña asintió-. Ay, pero si yo no tengo otra cama y la idea tampoco es que alguien duerma en el suelo. Vamos a tener que compartir la que tengo por ahora. ¿No te molesta?
La niña negó con la cabeza. Los ojos ya se le estaban cerrando. Tuvo el impulso de besarle su mejilla colorada por el calor, pero se contuvo a tiempo. Aún existía el riesgo de espantarla, de hacerla pegar gritos, y eso únicamente les traería consecuencias terribles a los dos. Paciencia. Paciencia. La depositó en el borde de su cama para rebuscar en la cómoda. Pero el camisón blanco que recordaba ya no estaba entre sus pertenencia. Se había tenido que deshacer de él junto a las demás pertenencias de Anastasia. ¿Cómo pudo haberlo olvidado?
-Parece que ya no me queda nada de tu talla, Vale -anunció, sacando una de sus viejas remeras grises-. Por esta noche te voy a prestar esto, así al menos no pegas un resfrío cuando apague el calefactor. A ver, levanta los brazos. Ya, eso, perfecto. ¿Ves? Ahora estás mucho mejor que antes. Mañana cuando te compre ropa vas a quedar hecha una niña preciosa.
La prenda, por supuesto, era muy grande y le cubría hasta un poco debajo de las rodillas estando de pie. El hoyo para la cabeza dejaba a la vista el principio de su hombro, las mangas tapaban los codos. Restregándose los ojos del sueño, ofrecía una estampa enternecedora. El sacerdote abrió las sábanas y dispuso una toalla para el lado donde dormiría ella para evitar que le mojara el colchón. Se cambió la sotana negra por la camisa y pantalones que él solía usar como pijama. Cuando por fin estuvo preparado para meterse a la cama, vio que Valentina ya se había acurrucado a los pies de la cama y cerrado los ojos. Tomándola en sus brazos sin mucha dificultad, logró colocarla encima de la toalla, la cabeza encima de su almohada. Dormía hecha una bola en sí misma, las manos cerradas en puños.
Era una postura familiar, defensiva. Así no era como debería descansar una niña. Pobrecita criatura.
Él apagó todas las luces, excepto una pequeña linterna en su mesita de luz por si ella se despertaba de improviso y no quería encontrarse en medio de una oscuridad plena. A su habitación la luz del sol ya llegaba, de modo que contaría con su reloj despertador para informarle de cuando debería empezar con sus deberes del día. Se acomodó y lo cubrió a ambos.
Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que ese ruido gimoteante que oía venía de la niña. Lloraba y respiraba de forma entrecortada, abriendo y cerrando los dedos. El sacerdote quiso abrazarla, pero al primer contacto la pequeña liberó algo a medio camino de un grito y se echó a temblar, como si se estuviera helando en la habitación caldeada. Reconoció los recuerdos reprimidos de un trauma reciente y sintió que la presión se le subía de la pura rabia. Monstruos, pensó. ¿Qué bestia podía haberle causado semejante pesadilla a una niña? Él nunca, nunca permitiría que una de sus niñas sufriera de ese modo. Era inhumano, una barbaridad.
Pero él sabía lo que tenía que hacerse. Haciendo caso omiso de intentos de pelea inconsciente, el sacerdote tomó a la niña entre sus brazos y la apretó contra su pecho. Sh, sh, tranquila. Todo está bien. No pasa nada. No pasa nada. No supo si fue el efecto de sus palabras o sólo el contacto, pero dio resultado: el estremecimiento menguó de intensidad hasta desparecer junto a la tensión de los músculos. Ahora sólo lloraba, abandonada como una muñeca de trapo arrojada a la basura. Movía los labios de forma incierta, formando vocales sin pronunciarlas.
-Mamá… -llamó en una esperanza rota antes de caer en el silencio.
Cuando Valentina se despertó era pasado el mediodía. Como si los últimos tres meses de su vida no hubieran sucedido y sus últimas mañanas no las hubiera pasado levantándose de cartones en el suelo, se estiró a placer encima de la amplia cama hasta sus dedos rozaron la cabecera de madera fría. Si podía hacer de cuenta de que esos primeros nunca sucedieron, tanto mejor. La sensación de darle la bienvenida a un nuevo día sin tener que soportar el aroma de la orina de los borrachos o de los desechos de perros merecía ser disfrutada en toda su plenitud. La toalla debajo de su cabeza seguía mojada y ella se la restregó por las mejillas, sintiéndose agradablemente revitalizada por su frescor.
Qué lindo.
Entonces vio el resto del cuarto, iluminado por la luz que salía del baño, y se dio cuenta de que estaba sola. Se acordaba de todo lo que había pasado anoche. Un hombre viejo, canoso y amable le había dado de comer un chocolate. Le había advertido que no se lo comiera todo de una vez, algo que a él se le hacía familiar sin saber por qué, pero en todo el día no había conseguido más que panes duros y tragos de agua provenientes de las canillas en los parques, por lo que no pudo evitar devorarlo al completo. El maravilloso sabor del chocolate y la leche le había intoxicado desde el mismo aroma. Sentirlo llenarle la boca se convirtió en una necesidad urgente.
Luego se había dado un agradable baño y a dormir. ¿Adónde andaba el sujeto? No importaba. Esa era su pieza. Iba a volver tarde o temprano. Valentina se bajó de la cama. El suelo era de madera cubierto por una alfombra de color marrón. De tacto áspero, pero sin duda mucho mejor que caminar por las veredas calentadas durante las horas de sol más claro o el césped lleno de piedras o restos de vidrios rotos en los parques. Era difícil arreglárselas después de encontrarse con un pedazo de vidrio. Algunos llegaban a perder la vida, decían, porque la herida se les infectaba y no tenían cómo conseguir las medicinas necesarias para tratarse. También estaban las hormigas, de pasitos tan ligeros que uno no las notaba hasta que ya habían picado. Uno podía ser alérgico a ellas.
A ella nunca le habían picado, pero le alegraba que ahora sí ya no pudieran hacerlo. Tenía hambre y curiosidad combinadas, de modo que se dedicó a rebuscar los rincones del cuarto a ver si daba con una nueva barra. Encontró dentro del armario un montón de abrigos gruesos y lanudos, tres pares de ese traje oscuro que usara durante la noche para traerla, y otras cosas que ni sabía de qué se trataban porque estaban adentro de unas bolsas negras. Valentina admiró especialmente a estas, notando que lo único visible eran las perchas de marchas que las sostenían desde la parte superior. Creía haber visto esas bolsas antes, quizá alguna más rellena, más delgada, con algo diferente, pero no lograba ubicar dónde.
Como estaba impaciente, se olvidó pronto el asunto y se dedicó a las cajas de cartón apiladas al fondo. Zapatos, zapatos, documentos con hojas amarillentas, libretas de direcciones viejísimas. ¿Eso era todo? Qué aburrido. Se metió adentro del armario y su mano notó pronto una desigualdad entre cierta zona y el resto de la pared de madera. Al apartar unos abrigos constató que se trataba de un cuadrado. Podía sacárselo empujando con los dedos por los costados hacia delante, evitando que cayera hacia atrás. Detrás había un hoyo oscuro cavado en el cemento de la habitación.
Valentina agarró una caja de zapatos más nueva que las anteriores. Era negra con delgados rayos blancos recorriendo la superficie. La agitó en frente de su oreja, buscando sentir el ruido de caramelos chocando unos contra otros. Oyó algo imposible de identificar. Sonaba liviano, ¿quizá plástico? Salió del mueble y la abrió, decepcionada de antemano. Como temía, no se trataban de dulces.
Un zapatito infantil de bebé amarrado a una cuerda. Era rosa con una Hello Kitty convertida en un ángel a un costado. En la suela llevaba algo escrito con marcador, pero las líneas se habían desgastado al punto en que, aunque Valentina supiera leer, no lo entendería. Además había una pulsera de cuentas de plástico rosa y verde. Esas resultaron ser los únicos objetos libres; pegados con cinta adhesiva había mechones de cabello arreglados en rizos y con un lazo de distinto color manteniéndolos unidos. Había rubio, castaño e incluso un vivo pelirrojo. Contó cinco mechones. ¿Quizá eran recuerdos de viejas muñecas? A lo mejor se le rompieron y milagrosamente conservó ese detalle.
En todo caso, seguía sin resolverle la cuestión del hambre, por lo que le restó importancia. Lo dejó todo tal como estaba, pues entendía que no era más que una invitada y no debía hacer desorden en casas ajenas. No tenía idea quién se lo había enseñado, pero la idea se hallaba presente y no iba a ignorarla. Se sintió satisfecha de ver que era como si no hubiera pasado por ahí.
Unos minutos más tarde, la puerta sonó con un ruido mecánico. Valentina no sabía que estaba cerrada. El sacerdote entró cargando unas bolsas de plástico. El símbolo rojo de Vea se veía en el costado de algunas, pero una, de papel con un brillante moño, mostraba a una niña de cabello castaño saludando a la nada. Valentina esperaba que contuviera al fin algo de comer.
-Buenas -saludó el hombre antes de meterse y volver a cerrar la puerta-. Tengo algo para vos.
Dejó el cargamento del supermercado encima del escritorio. A la otra bolsa la llevó a la silla y la abrió, rompiendo la cinta adhesiva que la mantenía cerrada. Valentina se subió a la cama, esperando tener una mejor vista del regalo. Al darse la vuelta el sacerdote le mostró un vestido negro de dobladillo blanco y mangas abombadas. Un lazo blanco recorría el estómago para terminar en un moño a la espalda. Valentina abrió la boca.
-El negro no me gusta mucho –confesó el sacerdote-. Es como depresivo. Pero parece que está de moda, porque no encontré de casi ningún otro color por todo el centro. De todos modos yo pienso que está bien. ¿Qué te parece, Vale?
La aludida lo miró.
-¿Es mío?
El sacerdote sonrió con todos sus dientes amarillentos.
-Obvio. ¿Para quién más va a ser? También te compré zapatos –explicó, sacando una caja de dentro de la bolsa-. Medias, bombachas, cosas para el pelo. Me costó más de lo esperado, así que te voy a pedir que lo cuides muy bien para que te duren mucho.
Valentina asintió levemente. No podía creerlo. No recordaba haber vestido en su vida algo tan bonito. Estaba impaciente por probárselo cuando el hombre la desnudó de nuevo, calzándole una ropa interior infantil rosa con puntos blancos. Se sentía incómodo y así se lo hizo saber moviendo las piernas como una vaquera que acabara de bajar de su monta.
-Bueno, es de esperar, no se supone que uno tenga… Pero no importa. Vos espera un poco y ya verás que irás acostumbrando. Las señoritas no pueden andar por ahí sin bombachas enseñándolo todo, Vale.
A continuación le subió unas medias blancas de algodón. Llegaban hasta arriba de la bombacha y durante todo el recorrido el hombre acariciaba con los nudillos la piel, que no tardaba en cubrir.
-Tienes unas piernas muy bonitas, Valentina -comentaba de vez en cuando, variando las palabras.
Cuando estuvieron casi cubriendo el ombligo de la niña, el hombre se entretuvo ajustándolo en la entrepierna. Valentina no sabía qué responderle. Ni siquiera sabía que existieran prendas así. Una vez la dejó para ir a por el vestido, dio unos pasos en el lugar. Eran como pantalones y a la vez no. Extraño.
-En realidad no hay mucha diferencia, ¿no? -dijo el hombre como para sí, admirándola-. De por sí sos tan blanquita, es precioso… pero mejor así. Te va a ayudar a estar más caliente si hace frío. Andamos en pleno invierno y hace falta prevenir estas cosas. Ahora levanta los brazos para mí.
Valentina lo hizo. Tomando el vestido negro, ese que parecía depresivo, por los hombros, el hombre le calzó el vestido sobre su pequeño cuerpo. Se aseguró de que la cinta blanca acabara donde se suponía que debería antes de hacerla dar vuelta para subirle el cierre. Le pidió que se sostuviera el cabello en alto con las manos. Valentina oyó el susurro de la cremallera subiendo por su espalda mientras por el frente la tela se ajustaba, abrazándola sin tirantez.
-Te faltan nada más los zapatos -comentó el hombre.
En su voz se oía ahora una nueva ronquera que a Valentina le hizo pensar que debía estar algo resfriado. ¿No había dicho que estaban en invierno? La tomó en sus brazos para ponerla en la silla de su escritorio. En lugar del antebrazo usó la mano para sostener su parte posterior, lo cual le permitió depositarla con mayor suavidad y cuidado. Los pies, redondeados por la media, quedaron colgando del borde juguetonamente. El sacerdote atrapó uno de ellos y se lo llevó al rostro, depositando un delicado beso. La sensación fue lo bastante curiosa para que Valentina apartara su extremidad, riendo, mientras un ligero rosado subía por sus mejillas.
-¿Qué haces? -preguntó la nena, divertida.
-Nada, nada. Se me antojó hacerlo de pronto -dijo el sacerdote con ademán despreocupado. De pronto se puso serio-. ¿Te molestó que lo hiciera, Valentina? ¿No te gusta recibir besos?
Valentina lo consideró unos momentos. En realidad no recordaba exactamente haber tenido besos. Empujones, insultos, incluso alguien palmeándole la cabeza de pelo pajizo una vez al darle dinero, como si no pudiera resistir el impulso antes de perderla de vista. De una, no era desagradable. Sólo nuevo.
-Está bien -acabó determinando, encogiendo los hombros.
-¿Sabes por qué la gente se besa, Vale?
La niña pensó en las parejas de viejos y adolescentes que iban por la plaza, el chico generalmente con el brazo encima del hombro de ella, acercando los rostros a pesar de que para ellos él debía inclinarse o ella estirar el cuello. Parecía incómodo, pero al separarse estaban sonriendo de nuevo. Negó con la cabeza. El hombre tomó sus dos pies en el interior de sus manos. Estaban cálidas y rugosas, como madera vieja.
-Es una señal de que alguien te quiere, Vale. Cuando alguien te quiere besar es porque cree que sos muy bonita y quiere estar cerca de vos. Eso no tiene nada de malo, ¿que no, Valentina?
La niña suponía que no. Si todo el mundo lo hacía, no podía ser algo malo. Se mostró de acuerdo con un ligero movimiento de cabeza.
-Eso, qué lista -dijo el sacerdote, alzándose un poco.
Con una de las manos cubrió su nuca y la empujó con suavidad al frente para recibir un nuevo beso entre las cejas. El bigote gris le hizo cosquillas. En la caja había unos zapatos negros con una sola hebilla plateada y un semicírculo para mostrar el pie debajo. El sacerdote aclaró que se llamaban zapatos de charol y le habían costado muchísimo dinero, pero valió la pena porque no lograba encontrarlos de ese tipo en ninguna otra parte. Eran los modelos ideales para una niña. Una lástima que ya casi nadie los quisiera. En su época (“cuando los dinosaurios poblaban la Tierra, Vale” y ella sonrió porque sabía que él lo esperaba, aunque desconocía qué eran los dinosaurio o por qué resultaban graciosos) todo el mundo usaba charol y vestidos como los que estaba usando. A la gente le importaba lucir presentable entonces.
-Claro, eso ahora ha cambiado -se lamentó el hombre, procediendo al ponerle el calzado que nadie quería usar-. Ahora hay demasiadas nenas vistiéndose como grandes y las madres que lo alientan creyendo que así se ven mejor. Yo creo que es horrible, la verdad. Las obligan a crecer demasiado pronto y luego se sorprenden cuando comienzan a comportarse como tal. Una nena debería parecer una nena tanto como le sea posible, o si no es como si desperdiciara una de las mejores cosas de la vida, ¿viste?
La niña no decía nada. Había perdido desde hacía tiempo el hilo de conversación y ya no sabía cuál era la respuesta correcta. En todo caso, comprendiendo que no hacía ninguna diferencia, prefirió ver la punta brillante de su calzado. Tenía hoyos que dejaban ver sus medias blancas, pero hoyos bien ubicados, puestos adrede para dar la impresión de que marcaba el vuelo de una pequeña mariposa durante su encuentro con una flor también minúscula.
-Ya sólo nos falta una cosa y estarás lista -anunció el sacerdote, recogiendo otra vez la bolsa con dibujos.
De su interior sacó otra más pequeña casi transparente con el logo de Todo Moda en frente. Le mostró una vincha negra decorada por un moño blanco pegado en el centro. El hombre prometió, aseguró que quedaría perfecta con eso. Sería el toque ideal a lo que de por sí era un cuadro excepcional. Una vez puesta, no acababa de decidirse por cuál lado quedaba mejor, si el izquierdo o el derecho. Al final se decidió por el medio, y dio un paso atrás para contemplar el resultado.
Valentina aprovechó para verse a sí misma y satisfacer la curiosidad impregnada en sus dedos. La tela era suave, resbaladiza y firme, no se estiraba como su otro vestido. Los zapatos se la hacían cómodos. Le gustó el plisado de la falda encima de sus rodillas blancas, parecido al de las polleras que formaban parte de los uniformes escolares. Se sentía linda. Se sabía linda y prueba de su buen humor fue dar una vuelta sobre un pie, a voluntad, sin que el sacerdote tuviera que pedírselo como era su intención.
Cuando volvieron a ver, el hombre sonreía más que antes.
-Perfecta -determinó el hombre.
——–
Hacía poco habían iniciado las clases escolares. Cada año la dirección se encargaba de enviar a los chicos del primer año de secundario a la iglesia para recibir un sermón especial, necesario en su formación en ese nuevo capítulo de sus jóvenes vidas. Había que recordarles no sólo esencial de la vida, sino que estaban solos y sus futuras acciones tenían valor dentro de esas divinas paredes. Ocupaban los asientos del frente, sentados lado a lado de quienes escogieran, y como naturalmente estos eran sus amigos, en la enorme sala se apreciaba el murmullo desigual de sus voces yendo y viniendo en el espacio. De vez en cuando una risa destacaba por sobre las demás y pronto se elevaba también un chistido, exigiendo calma.
Alejada del barrullo, jugando con sus cabellos negros, una niña era la única ocupante del banco de madera del fondo. A Valentina le hubiera gustado explorar el edificio que no había tenido oportunidad de ver más que cubierto de tinieblas anoche, conociendo los rostros pacíficos iluminados en los altares, pero el sacerdote le había dicho que debía mantenerse quieta y tranquila como los otros chicos. Si alguno le preguntaba diría que era una sobrina suya que su hermana hubiera dejado a su cuidado. Cuando Valentina, como solían hacer los niños, preguntó el porqué de semejante pedido, el sacerdote le explicó que la tratarían mejor si la veían emparentada con él. Nadie iba a molestarla o hacerle daño mientras se hallara en su iglesia, donde él podría atenderla como quisiera.
Pero aun así había que seguir un protocolo, advirtió. No importaba que ella nunca hubiera ido a una reunión semejante y se hallara perdida respecto a lo que debía hacerse y lo que no. Sólo tenía que imitar el comportamiento de los chicos mayores, a la vez instruidos por las Hermanas, y todo saldría a pedir de boca. Sobre las Hermanas, esas mujeres invariablemente viejas y desagradables a la vista, nada más tenía que saber que ellas mantenían el orden. Podía hablar con ellas mientras él se mantuviera ocupado, siempre manteniendo la historia del parentesco, pero si deseaba algo lo mejor sería recurrir directamente a él. A las Hermanas, aunque buenas, no les haría gracia ir consintiéndola, por más que se tratara de una princesa bonita como ella. En resumen, concluyó, le convenía conservar la distancia.
No tuvo ningún problema al respecto.
Una de las Hermanas estaba de pie a un lado de su largo banco de madera, mirando el bullicio de los chicos pero también manteniendo un ojo sobre ella, sin que a la niña pareciera ni le importara en realidad demasiado. La Hermana recordaba a otra niña como ella, pero aquella de pelo rubio, coleta y vestido rojo con lunares blancos, tal y como luciría si la hubieran arrancado de otra época.
Padre les había dicho que era la hija de una vieja amiga suya del colegio, que ahora mismo estaba pasando por ciertas dificultades económicas. Frente a la imposibilidad de pagarle a una niñera, no le quedó otra persona disponible que él para cuidar a la niña mientras salía a trabajar. Era una nena preciosa, de esas que uno esperaría ver en la televisión corriendo al lado de un cachorro en crecimiento o subida a la mesa de McDonald’s frente a un actor que haría de su padre, pero terriblemente indisciplinada. No podía estarse tranquila durante el sermón y para entretenerse se sacaba los mocos, amenazando con ensuciar sus muebles si ellas no se hubieran dado cuenta y le administraran la correcta reprimenda. En lugar de asimilarlo y prometer mejorar su conducta, la criatura sólo atinó a echarse a llorar. Padre tuvo que llevársela a la habitación de huéspedes para calmarla.
Después de ese día no había vuelto a verla. Ni siquiera habría vuelto a rememorar la experiencia de no ser por la nueva que se le presentaba. Padre les había explicado que era su sobrina, pero a la Hermana le parecía que debía ser pariente también de aquella malcriada. Tenían un aire demasiado parecido para pensar lo contrario. O a lo mejor es que a la hermana del padre y la amiga tenían gustos igualmente anticuados respecto a la vestimenta infantil. De todos modos, se dijo enderezándose, por lo menos esta sabía comportarse.
Cuando el sacerdote se puso de pie ante el púlpito un inmediato silencio cayó sobre toda la casa. Padre se arrodilló ante el Cristo del altar y al girarse abrió las manos, dándoles la bienvenida a los alumnos. A muchos los conocía desde que eran pequeños. A la mano de muchos de sus padres había estrechado. Incluso había oficiado el bautizo de más de uno en su vida. Padre los conocía y ellos a él. El silencio instintivo y absoluto era otra demostración del respeto que le reservaban. Se oía incluso el susurro del traje blanco deslizándose detrás del hombre mientras se ponía en el centro del púlpito.
Tras darles una bienvenida a este nuevo escolar, en el cual estaba seguro iban a esforzarse al máximo por mantener el buen desempeño de hasta ahora, padre dio inició con el tema escogido para ese día.
-Recordemos a Mateo 19, 13-15 -dijo. Su voz llenaba cada espacio sin invadir, llegando a sus oídos con total claridad-. Para quien no lo recuerde, déjenme refrescarles la memoria. “Entonces le trajeron algunos niños para que pusiera las manos sobre ellos y orara; y los discípulos los reprendieron. Pero Jesús dijo: Dejad a los niños, y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como éstos es el reino de los cielos. Y después de poner las manos sobre ellos, se fue de allí.” También, de la misma boca de Jesús, tenemos las palabras: “cuando yo era niño, pensaba corno niño, juzgaba como niño, mas cuando fui adulto dejé lo que era de niño.” De ahí deducimos que Jesús veía con buenos ojos a los niños. ¿Qué significa esto para nosotros y sobretodo para ustedes en este nuevo año escolar? ¿Significa que debemos seguir comportándonos como niños en el sentido de pasarnos todo el día jugando y olvidándonos de nuestras obligaciones diarias, las que nos corresponden como adultos y jóvenes? Claro que no. La infancia, nadie lo duda, es una época divertida de descubrimiento y diversiones. Pero también es un tiempo de sencillez. Cuando Jesús nos pide ser como niños, quiere remitirnos a aquella mirada limpia de prejuicio e influencias de entonces. No sabemos de mentiras blancas, como decirle a nuestra tía que su regalo de cumpleaños ha sido nuestro favorito entre todos. No, sólo sabemos decir la verdad y así le comentamos “me gustó más el de mi primo”, con lo cual probablemente mamá nos retaría por maleducados -El sacerdote sonrió y hubo una suave ola de risas entre los chicos-. ¿Significa entonces que debemos sacar todo lo que tenemos en nuestra mente y sacarlo, sin importarnos que lastime o no al prójimo? Desde luego que no. Nosotros sabemos mejor y entendemos que si nuestra tía desea saber que apreciamos su gesto, merece esa mínima cortesía, ¿o no? La honestidad de sentimientos no viene de la mano con herir gratuitamente, sino en tener claro las propias expectativas y necesidades que tenemos. ¿Voy a estudiar Derecho porque mi papá quiere? Varios jóvenes que ya se graduaron hacen eso mismo, viven según lo que se espera de ellos y se olvidan de lo que era ser niño, de lo que ellos querían ser de niños. Jesús nos lo dice tan claramente como le es posible: no nos olvidemos de eso. Ustedes están dando sus primeros pasos hacia el resto de su vida. Antes de que se lo imaginen ya estarán rindiendo los exámenes para el último año, ya estarán buscando una universidad, ya deberán conseguir una casa y mantener una familia. Y aunque nadie niega la importancia de todas estas cosas, Jesús les pide que las hagan como ese niño que creía que todo lo que necesitaba para ser feliz era jugar con su imaginación. No dejen que la oscuridad del futuro oscurezca la luz que los ha traído hasta aquí, sanos y salvos. Crezcan y enfréntense al mundo con los ojos humildes, bellos y claros de un niño. No se olviden de los niños y lo poco que tienden a complicar sus asuntos con todo aquellos que a nosotros, los adultos, nos hace suspirar demasiado mirando hacia atrás, deseando volver.
Mientras el Padre iniciaba el ritual de la eucaristía, la niña de vestido negro tiró de la falda gris de la Hermana. Se inclinó para escucharla murmurar.
-¿Para qué es eso? -Y señalaba la fila de chicos que se dirigían al altar.
Media docena de muchachos se arrodillaba, abría la boca frente al hombre y luego se retiraba haciendo el símbolo de la cruz.
-Para recibir a Jesús. Vos no puedes ir todavía porque sos muy chica -se adelantó a lo que creía sería su siguiente pedido.
Valentina volvió a ver los gestos del sacerdote y aquellos con los que respondían los chicos. No veía a nadie más. Abrió la boca para preguntarle a la Hermana dónde se suponía que estaba ese señor Jesús amante de los niños y por qué lo recibían, pero entonces un monaguillo oculto detrás del altar hizo sonar unas campanas doradas y la Hermana la mandó guardar silencio en su asiento. La niña lo hizo. Tendría que preguntarle al sacerdote más tarde.
Las Hermanas acompañaron a los chicos fuera de la iglesia. Algunos, con los que tenía más confianza, se acercaron al sacerdote para saludarlo y charlar un rato. Compartieron unas risas antes de que el sacerdote les despidiera, deseándoles mucha suerte en sus estudios. La Hermana al lado de su banco le hizo un gesto de que la siguiera y la condujo, de la mano, hacia adelante.
-¿Se ha portado bien la nena? -preguntó el hombre, acariciando la cabeza a la aludida, justo detrás de la vincha.
-Muy bien, no ha causado ningún problema. Aunque no me sorprende viniendo del tío.
-Muy amable usted. Que le vaya bien con los chicos.
-Igualmente, padre. No le hagas pasar dolores de cabeza a tu tío, Valentina -advirtió con una sonrisa seca antes de dirigirse al grupo.
Una vez estuvieron solos, el sacerdote le tomó de la mano y le acarició el torso suavemente con el pulgar, como si hubiera extrañado poder hacerlo. La niña no lo miraba a él, sino a las columnas majestuosas que llegaban al techo. Más específicamente, lo que había en la base de dos.
-¿Qué son esas cosas? -preguntó, señalándolas.
Eran como enormes cajas de madera, pero brillantes y mucho más bonitas que cualquier caja que viera en el pasado. Le recordaron a la cabina telefónica roja en frente de la Plaza Libertad, aunque ¿para qué necesitaban una cabina telefónica ahí? ¿No tenían otro teléfono?
-¿Esas? -dijo el hombre, un poco despistado. Le costó unos segundos entender la causa de su curiosidad-. Son las cabinas de confesión. Ahí entran las personas cuando quieren hablarme de las cosas malas que han hecho.
-¿Y para qué hacen eso?
-Para que los perdonen -La mano rugosa volvió a acariciarle la cabeza. Los dedos se ocuparon de enredarle y desenredarle los cabellos de la nuca. A Valentina le gustó el calor que desprendía, sobre todo después de tanto tiempo temblando de frío. No sabía de una época anterior al frío, por lo que para ella era lo mismo a haber vivido desde el nacimiento en un perpetuo invierno. Empezaron a caminar hacia la escalera que los dirigiría a su habitación. Al lado de esta ya se hallaba la de los huéspedes. La pasaron de largo sin mirarla-. Cuando entran y me dicen las cosas malas que han hecho ya se sienten mejor. Luego les envío a rezar para que Dios también sepa que están arrepentidos y se comprometen a no hacerlo otra vez. Pero a vos no te haría falta, ¿que no, Valentina?
Detrás de ellos cerró la puerta con la llave de siempre. La colocó encima de su escritorio y se sentó a la silla, abriendo las piernas. Le hizo un gesto de que se acerca y Valentina lo hizo. El sacerdote tenía una expresión relajada y feliz en el rostro mientras se inclinaba para subirla a su regazo. Por un largo rato se contentó con mirarla con un brillo acuoso en los ojos profundos, frotándole la espalda en pequeños círculos.
-Vos sos una niña buena y no te hace falta confesarte, ¿no, Valentina?
Valentina negó con la cabeza. En su cabeza, jamás había cometido un acto que pudiera sinceramente llamar malo. La palabra no atraía ninguna asociación con ella. El sacerdote le frotó el muslo joven y tierno debajo de la falda del vestido. Valentina se movió, pero no por el contacto; sentía una desigualdad justo debajo de ella que le impedía sentarse bien.
-¿Te gusta la ropa que te compré, Valentina? La escogí pensando nada más en vos. Yo no soy ningún hombre malo y no me hace falta confesarme tampoco, porque lo que hago es pensar en lo que es mejor para vos. ¿Lo entiendes, Valentina?
La niña asintió, todavía buscando una posición más cómoda. Al sacerdote esto no pareció molestarle en lo absoluto.
-Bien, muy bien. Y como sos una nena tan buena, una nena que sin duda se merece esa ropa, sin duda se merece también una recompensa -La mano del sacerdote subió más por el miembro. Le apretó la pierna suavemente, como un carnicero probando las ancas de una ternera antes de pegar el golpe final-. Yo quiero hacerte sentir bien, Valentina. Puedo hacerlo. Y vos también puedes hacerme sentir bien a mí. ¿Te gustaría eso, Vale? ¿Que los dos nos sintamos bien?
Valentina se rió por los ligeros pellizcos, le daba cosquillas. Pero en cuanto oyó las palabras del hombre se le quedó viendo, poniendo de pronto mucha más atención en su discurso de lo que hacía antes.
Esas palabras, sentirse bien, sí podía asociarlas con algo. Sonaban como un eco difuso en el fondo de su cabeza y el sonido que traían era hueco, húmedo y emocionante. Era como una fiesta o una especie de banquete con muchos invitados al fondo de un pasillo de piedra. No obstante, no sentía el impulso de correr hacia su encuentro. No lo necesitaba con que sólo supiera que el sonido era ese. Primero la confundió la idea detrás pero, con un poco más de introspección, creyó tenerlo claro. No, estaba segura de tenerlo claro. Sentirse bien. Sentirse bien.
“Denle a esa puta algo para sentirse bien.”
¿Quién lo había dicho? ¿A quién se refería? ¿De qué hablaban? Daba igual. El sacerdote llegó hasta el principio de su pierna y hacía rozar el interior de su bombacha con su piel de un modo que la hizo reír.
-Lo compré pensando nada más en vos, Valentina -dijo el sacerdote, inclinándose para besarle la mejilla. La aspereza de su bigote era definitivamente graciosa y le amplió la sonrisa-. Te voy a hacer sentir muy bien, Valentina, no te preocupes. Yo me encargaré de todo.
Valentina entendía, pero no quería dejarlo encargarse de todo. Para almorzar le había traído galletas variadas y unos sándwiches de miga deliciosos con el pan más suave que había probado, más una pequeña torta de limón que la transportó al paraíso en medio de una nube de ácida dulzura. Le había conseguido ese precioso vestido y la había ayudado a vestirse. Le había dado esos zapatos que ya no se encuentran y tenían mariposas persiguiendo flores. El hombre había sido en verdad muy bueno con él.
Merecía sentirse bien.
Valentina ni siquiera necesitó buscar el instrumento que le permitiera hacerlo. Sus ojos verdes se posaron casi por encanto sobre la estatuilla de la Virgen María puesta en el estrecho escritorio. En la base se leía el destino turístico de la cual había salido y arriba estaba la figura, la cabeza ligeramente inclinada y la mano delante como si aprobara todo lo que sucedía en frente de sus narices. Valentina la rodeó con su mano.
“Eso, háganla sentir bien, denle un buen rato.”
-Hace de buena nena para mí, Vale -dijo el sacerdote, girando el rostro para buscar su boca.
Se sentía morir por encontrarla. La niña se echó un poco atrás y arremetió. Entonces no supo ni de su propia boca.
La estatuilla de yeso, pintada y barnizada, resultó sorprendentemente resistente para ser tan ligera. Aguantó el golpe contra la sien del hombre como si no fuera nada, sin siquiera conservar el más mínimo rayón que lo evidenciara. Un caso opuesto fue el de la cabeza contra la que fue a estrellar.
Toda estructura sólida tenía su punto débil. El sitio que era su simbólico botón de autodestrucción pues, una vez presionado, se desataba el desastre que ya no permitía recuperación alguna. Por una mera cuestión del azar, Valentina había encontrado el botón del sacerdote y lo había presionado con toda alegría, escondiendo una risa burbujeante en su pecho. Lo que vio no hizo sino confirmar su acierto.
Por ese costado, la cabeza se hundió como si estuviera hecha de plastilina. Valentina vio los cabellos grises hundirse en el hueso del cual se veía blanco y un rojo tan profundo que parecía negro en el centro. Ahí encontró una masa rosa rojiza parecida a la carne molida que veía en las carnicerías, pero esta carne se movía ligeramente y latía alrededor de las astillas de hueso enterradas en medio.
De pronto Valentina no pudo seguir viendo porque su asiento, el regazo del sacerdote, perdió firmeza y ella se cayó de espaldas sobre el suelo. Gracias a la alfombra, el golpe no le dolió mucho pero aun así se había llevado un susto. Miró arriba para preguntarle al sacerdote por qué había hecho eso, pero este yacía de costado sobre su silla con los ojos cerrados.
-Che, che -llamó, agitándole la rodilla. No le gustaba ese silencio. El peso del sacerdote se deslizó sobre la silla y se derrumbó en el suelo. Por poco la aplastaba. La parte de su cabeza con la carne molida quedó enfrentando la alfombra. A su alrededor se formó una aureola de rojo oscuro-. Che… ¿terminaste de sentirte bien?
Valentina se arrodillo cerca de su pecho. Estaba completamente quieto. Era como el perro que se quedó dormido bajo el sol una tarde en el parque. Estaba bien, respiraba muy rápido, y de repente dejó de respirar. Los trabajadores municipales habían tenido que recogerlo con palas y tirarlo a la basura. ¿También tirarían al sacerdote a la basura? Esperaba que sí. Iba a manchar la alfombra a ese paso y entonces ¿qué iban a hacer las Hermanas? ¿Perderse de la alfombra también?
El círculo de sangre ya casi llegaba a sus zapatos de charol.
Bueno, eso pasaba, se dijo con resignación. Le dolía la cabeza. Sentía un pequeño tambor en el fondo y en él volvía a oír el mismo eco, en el mismo tono vago pero las palabras haciéndose comprender sin ninguna dificultad. Pero, dentro de todo, estaba bien. El leve rastro de sueño que el aburrido sermón le dejara parecía haberse desvanecido en el aire como por arte de magia.
No podía quedarse ahí a esperar que vinieran las hormigas a llenarle la boca como habían hecho con el perro antes de que limpiaran la zona. Podían picarla y ella no quería eso. Pasando encima del brazo extendido del sacerdote, Valentina tomó la llave del escritorio y abrió la puerta de la misma manera que lo había visto hacer a él. Se preciaba de tener una buena memoria cuando lo necesitaba y en ese caso lo agradeció. Sin embargo, antes de salir, se vio asaltada por la duda sobre si debería decirle a alguien o no acerca de la carne molida del sacerdote.
Al final decidió que no valía la pena. Alguien vendría y ella quería estar lejos de las hormigas. Encontró fácilmente el camino hacia la salida incluso en pleno día. Era la hora de la siesta, pero las nubes cubrían el sol y el cielo enviaba una suave brisa al rostro de la niña mientras ella iniciaba su incierto camino.
Si seguía caminando, tarde o temprano a algún lado acabaría llegando. Siempre había vivido en la calle. Esa verdad no era ninguna novedad para ella.
—–
Caminó y caminó hasta que las calles dejaron de estar asfaltadas y sólo veía árboles alrededor. La noche caía y, aunque ella lo creía imposible, ya se estaba agotando el subidón de energía que le había dado desde que saliera del convento. Sudaba y la picazón la daba enormes deseos de poder quitarse el vestido, dejar que el aire la refrescara, pero de ninguna manera conseguía que el cierre bajara. Tenía hambre de nuevo y también sed, pero más que nada se sentía cansada. Extrañaba a la suave cama del sacerdote, a la que ya no podría volver ni aunque quisiera porque no tenía idea de dónde estaba. Nunca había estado por esa zona.
Más adelante encontró una cerca de alambre. A través de él se veía un césped más verde y mejor cuidado que el que ahora pisaba. Además de un camino de piedra, una fuente, estatuas de ángeles y árboles, pero toda su atención estaba en el césped. Había un hueco al nivel del suelo por el cual podía colarse agachada. Al hacerlo un alambre se enganchó en el lazo blanco de su espalda, deshaciéndolo. No le importó demasiado. Sólo quería echarse un rato.
Había bancos de madera y cemento donde podría haberse acostado, pero los desechó nada más verlos. Si los de las plazas jamás le habían gustado, no había razón para creer que sería diferente con ellos. Pasaba encima de placas de mármol señalando la última morada de varias familias sin saberlo. Se dejó caer en un espacio debajo de un árbol, encima de un montón de tierra hace poco excavada. Permitió que la ligera humedad del suelo le refrescara la mejilla acalorada.
Cerrar los párpados y dormir fueron casi sinónimos.
La marcha de la reina negra. 2
Género: horror, fantasía, gay.

Resumen: Una familia promedio en una ciudad promedio, hasta que el grupo A Good Feeling llega en busca de inspiración para su nuevo video snuff. Cuando acaban con la pequeña de la familia, le tocará el turno al hijo… pero algo saldrá terriblemente mal, dejando al pequeño solo y desamparado. Con el recuerdo de su familia fragmentado en su mente, el niño viajará en busca del sentido de su vida y cómo ser bueno para el mundo. Desgraciadamente, así como muchas cosas, su sentido del bien está un poco distorsionado.

Advertencias: Esta novela contiene escenas explícitas de gore, tortura, asesinato. Además de menciones de pedofilia. La autora no se hace responsable si esto despierta el desagrado de un lector.

Facebook: www.facebook.com/novelaterrorg…

Link a la novela completa: noveladeterror-lamarchadelarei…
Loading...

deviantID

CandyVonBitter
I am not a bad girl. I am evil
Artist | Hobbyist | Literature
Argentina
Lee mi nueva novela, Voces huecas: voces-huecas.blogspot.com.ar/
Interests
Para leer las bases y poder participar, aquí el link a visitar: candy002.wordpress.com/2013/09…
  • Listening to: Gritos de dolor
  • Reading: La sangre en tu cuerpo
  • Watching: Las venas rotas
  • Playing: Sadomaso
  • Eating: Tu dolor
  • Drinking: Coca Zero

AdCast - Ads from the Community

×

Donate

CandyVonBitter has started a donation pool!
90 / 300

You must be logged in to donate.
  • TsumilkenClover
    Donated Apr 28, 2012, 8:37:15 AM
    70
  • EsoYSoloEso
    Donated Sep 3, 2011, 7:16:49 AM
    20

Groups

Comments


Add a Comment:
 
:iconthergothon:
thergothon Featured By Owner Oct 3, 2014  Hobbyist Photographer
Thank you for the favourite :-)
Reply
:iconkami-seku:
Kami-Seku Featured By Owner Aug 1, 2014  Student Digital Artist
Thank for the fav on The Funeral Wedding :iconletmehugyouplz: !!

kami-seku.deviantart.com/art/T…
Reply
:iconkami-seku:
Kami-Seku Featured By Owner Aug 1, 2014  Student Digital Artist
and The Dark Fairy Tale :: Hansel and Gretel

kami-seku.deviantart.com/art/T…
Reply
:iconvictoria-the-witch:
Victoria-the-witch Featured By Owner Jul 14, 2014
Thank you very much for the fav'!
Reply
:iconnsolanki:
NSolanki Featured By Owner Jul 3, 2014   Photographer
Thank you for the favourite add :)
Reply
:iconxthumbtakx:
xthumbtakx Featured By Owner Jun 22, 2014
hi! thank you so much for :+fav:ing my art!! :hug: :dalove: hope you'll check out the rest of my gallery! :D

Riomaggiore by xthumbtakx
Reply
:iconpajunen:
Pajunen Featured By Owner Jun 22, 2014  Hobbyist Photographer
Thanks for the :+fav:
Reply
:iconpin-n-needles:
pin-n-needles Featured By Owner Jun 21, 2014  Hobbyist Digital Artist
Thank you very much for the fav - really appreciate it :D I'm glad you found my work worth your time :D

Greeting from Poland!
Pin
Reply
:iconteagrll:
TeaGrll Featured By Owner Jun 21, 2014
Thank you for fav :)
Reply
:iconjack-stripes:
Jack-Stripes Featured By Owner May 26, 2014  Hobbyist Digital Artist
daww thanks for the faves and watch~Llama Emoji-10 (Shy) [V1] 
Reply
Add a Comment: